jueves, 29 de octubre de 2026

Cautivas

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Se apaga el eco férreo de la fiera batalla,
y el humo en Bizancio se empieza a disipar,
tras el portal de bronce, donde la luz desmaya,
observo las riquezas que acabo de conquistar.

 

Tiradas en el mármol, desnudas de esperanza,
un grupo de cautivas solloza sin consuelo;
el llanto de sus ojos desarma mi venganza,
y el oro de sus templos ya no levanta el vuelo.
Yo, guerrero de hierro, curtido en la llanura,
que solo sé de sangre, de infierno y de botín,
hoy miro sus cadenas con una pena oscura,
al ver la triste gloria de este sangriento fin.

jueves, 15 de octubre de 2026

Ante las puertas de Ceuta




Ante las puertas de Ceuta, bajo el arco encendido,

bramaba el mar de espadas, rugía el enemigo; 

la noche olía a hierro, a ceniza y a dolor, 

y un almogávar juraba no rendirse al invasor
 

jueves, 20 de agosto de 2026

las viudas de los vencidos

El territorio recién conquistado era un mosaico roto: aldeas sin señores, campos sin dueño, viudas sin protección. Los francos habían caído, pero su mundo seguía allí, esperando ser reconstruido o devorado.

 Deslaur, con una audacia que solo los grandes jefes poseen, reunió a los almogávares y habló con voz firme:

 

—Si queréis tierra, tomadla. Si queréis futuro, creadlo. Casad a vuestros hombres con las viudas de los caballeros francos. Dadles hogar, nombre y protección. Así este país será nuestro, no solo por conquista, sino por sangre.

 

La escena transcurre ante la puerta de una fortaleza En primer plano, la dama francesa, joven y hermosa, vestida con un velo fino y un manto azul pálido, avanza con paso tembloroso. Ella extiende las manos hacia la comitiva almogávar que llega desde el camino polvoriento.

 Entre ellos destaca el capellán tonsurado, con su cruz de madera y mirada grave, que sabe que tiene que cumplir una misión y detrás la mula que porta el cuerpo del caballero muerto, el primer marido cubierto con un paño bordado y una espada sobre el pecho.

 



El almogávar sujeta las riendas con firmeza. Su rostro es tosco, endurecido por la guerra, y su mirada se cruza con la de la viuda: un choque de mundos, de educación y fiereza, de perfume y sudor, de destino impuesto. En su cinto brilla el cuchillo, símbolo de su vida brutal y de su nuevo papel como señor del feudo.

Es una atmósfera de tragedia y transformación, donde la muerte y el deber se funden en un nuevo orden, el de un mundo que muere y otro que nace