El territorio recién conquistado era un mosaico roto: aldeas
sin señores, campos sin dueño, viudas sin protección. Los francos habían caído,
pero su mundo seguía allí, esperando ser reconstruido o devorado.
—Si queréis tierra, tomadla. Si queréis futuro, creadlo.
Casad a vuestros hombres con las viudas de los caballeros francos. Dadles
hogar, nombre y protección. Así este país será nuestro, no solo por conquista,
sino por sangre.
La escena transcurre ante la puerta de una fortaleza En
primer plano, la dama francesa, joven y hermosa, vestida con un velo fino y un
manto azul pálido, avanza con paso tembloroso. Ella extiende las manos hacia la
comitiva almogávar que llega desde el camino polvoriento.
El almogávar sujeta las riendas con firmeza. Su rostro es
tosco, endurecido por la guerra, y su mirada se cruza con la de la viuda: un choque
de mundos, de educación y fiereza, de perfume y sudor, de destino impuesto. En
su cinto brilla el cuchillo, símbolo de su vida brutal y de su nuevo papel como
señor del feudo.
Es una atmósfera de tragedia y transformación, donde la
muerte y el deber se funden en un nuevo orden, el de un mundo que muere y otro
que nace

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